lunes, 14 de noviembre de 2011

Road trip Tx.





Por Ignacio Galar

De pronto se agolparon un sinfín de recuerdos. Cuando mi primo apareció tras el cristal del aeropuerto una sucesión de anécdotas y añoranzas y recuerdos se atravesaron por mi mente: borracheras interminables, caminatas por el pueblo de mi padre, que era el suyo también. Tras más de 15 años de no vernos, ahí estaba --en los dos-- la viva imagen del paso del tiempo; de que los tiempos cambian, como reza una vieja canción.


Texas relucía bajo un cielo sin nubes, y un aire caliente que lo impregnaba todo. Lo cierto es que habíamos partido de un selvático país --como es México-- y habíamos aterrizado en una ciudad frondosa, única, laberíntica, que creíamos impenetrable. Por varias razones...


Única y frondosa, porque es un conglomerado de rascacielos. Tiene, además, la peculiaridad de contar con túneles subterráneos con entradas a cada edificio del centro, lo cual la hace parecer como una ciudad diseñada para cualquier tipo de clima. Laberíntica, porque esta urbe es la cuarta más grande de USA y, haciendo honor a su título ya que parece no terminar entre laberintos de freeways y salidas espontáneas que llevan justo a tu destino, pero que, si te equivocas, podrían hacerte perder por un par de horas, por lo que es obligado el uso de un gps o la aplicación maps para moverse. Así que el clásico: “Houston, tenemos problemas”, era una voz constante en todo el viaje: ya como una manera de relajarse y reír un poco, ya como una añoranza juvenil.


Era un hecho: la ilusión de haber crecido bajo la idea de que esta ciudad era habitada por puros astronautas, y que era una ciudad construida para la NASA, nos exhortó a realizar una visita al centro espacial. Era una parada obligada. Para ello, aprovechamos primero un fin de semana para ir a Kema, una zona con playa a unos cuantos horas de la ciudad y que está de paso al centro espacial. Hay un parque de diversiones con el mismo nombre con una rueda de la fortuna y diferentes juegos mecánicos, que hacen de este lugar un clásico de la zona. Pero además, hay una plaza al centro con una gran fuente en donde uno puede refrescarse jugando con el agua.


El plan original contemplaba un viaje en auto de Houston a San Antonio --por la autopista 71--, un recorrido que dura aproximadamente tres horas en una carretera que es, en realidad, aburrida, ya que es una recta interminable. Sin embargo, si uno nunca ha manejado en este país se agradece fuertemente. Eso sí --y mejor prevenir--: el problema es la llegada a la ciudad, pues tiene una serie de desviaciones en donde la pericia del conductor está a prueba. Una vez llegando al centro (downtown), la ciudad se transforma en un conglomerado de edificios de mediados del siglo XX, con monumentos históricos como el Alamo, lugar donde se libró una de las batallas entre México y la naciente confederación Americana.


La cuidad está construida en torno al río San Antonio, un lugar completamente turístico lleno de restaurantes y bares con todo tipo de comida; aunque, claro, lo que más abunda es la mexicana. El primer día lo puede dedicar a recorrer todas las misiones españolas que se encuentran al sur de la ciudad: un conjunto de monumentos del siglo XVIII que los colonizadores ibéricos construyeron como símbolo de la cristiandad y que sirvieron para llevar la religión por todo la zona. Recorrer el centro es un agasajo arquitectónico, que pareciera atrapado en una época. Un lugar indispensable de visita es la casa de antigüedades Alamo: una tienda de tres piso donde lo mismo se puede conseguir muebles del siglo XIX, discos de acetato, una colección completa de la revista Times: es un museo furtivo que ofrece una visión muy partícula de la cultura de Norteamérica

A la mañana siguiente partimos rumbo a Austin, la capital del estado, y la única gobernada por el partido demócrata. La experiencia en esta ciudad gira entorno a la música en vivo: la calle sexta --en el centro-- está llena de bares y clubs en donde es casi inexcusable el contar con un atractivo de músicos en sesión. Caminando por la calle principal uno llega a lo que es el río Austin. Por cierto, por la tarde, en este lugar, se puede ver una de las comunidades de murciélagos urbano que salen de su escondite, que es el puente Cesar Chávez: es una parvada que asemeja una gran nube negra.


Dos días después partimos de regreso a Houston por la autopista 71 que para los amantes del volante es una maravilla, que cual escenario de una película de terror la carretera se muestra como el el lado B de lo que es un estado con una riqueza económica; entradas descuidadas a ranchos, bardas con vacas al pie de la carretera viendo pasar los autos.


Al final, queda una sensación de gratitud. Porque algo es indiscutible e irrefutable: cuando uno planea hacer un viaje por Texas lo último que se imagina es encontrar un lugar lleno de gente cálida y amable. Y eso fue lo que nos sucedió: que encontramos en esta ciudad a gente no sólo cálida y amable, sino que, además, dispuesta a ayudar a cualquier viajero.